Daniel Tammet, diagnosticado con una forma de autismo y con síndrome del Savant, era capaz de detectar cuándo se habían invertido dos cifras entre cientos de decimales del número PI, pero no le fue dada la capacidad de relacionarse con las personas de su entorno. Aprendió a comunicarse, a relacionarse con otras personas y a sacar partido de su inmenso potencial intelectual. (Te recomiendo su libro, «La conquista del cerebro»).

Tal como él afirma, al aprender a comunicarse con los demás rompió una barrera, pero no dejó de ser quien es. Afirma que la discapacidad es una etiqueta social que se le asigna, tal vez por miedo, a quien es obviamente diferente. La verdadera discapacidad es no saber poner las capacidades que tenemos al servicio propio y de nuestro entorno.

A partir de los 7 años casi todos los humanos necesitamos sentir que ocupamos un espacio en la tribu. Alrededor de los 12, empieza a ser importante saber que ese lugar es nuestro y nos aprecian de forma individual. Es difícil ser diferente, es más difícil cuando el grupo social en el que te mueves descarta tu diferencia, no le encuentra «utilidad». Y tal vez tú tampoco se la encuentras.

Al socializarnos empezamos a entrenar capacidades que creemos de utilidad, y a dejar de lado otras que consideramos «menos útiles». Construimos nuestra identidad social. Entrenamos y aprendemos estrategias para adaptarnos a nuestro medio. Es lo que se llaman «estrategias maladaptativas tempranas». Y ahí empezamos a «discapacitarnos» de verdad: a capar parte de nuestras propias capacidades, en función de lo que consideramos más útil para nuestra inserción y para nuestro entorno. Y así surge la discapacidad para la empatía, o para el respeto, o…

Con frecuencia buscamos comportarnos como creemos que el de enfrente espera que nos comportemos. Excelsa «parajoda» descubrir que lo que creíamos que pensaba el otro, no es exactamente lo que realmente piensa. Épico alivio cuando nos damos cuenta de que los demás echan de menos capacidades que íbamos dejándonos en casa con el mero propósito de encajar. Es como si llevásemos años embutiéndonos en una talla 32 y de pronto nos permitiésemos calzar la talla de nuestra verdadera grandeza, de nuestra DIFcapacidad. ¡Te sueltas el corsé y el alivio es inmenso! ¡Puro elogio de la diferencia!

Decían los Mayas que cada ser tiene un momento exacto para entrar en este planeta, un instante preciso para partir de él. Entre un momento y el otro, tan sólo se le pide que Sea -al fin y al cabo, somos Seres humanos, no Haceres humanos-, que despliegue su energía única y especial en su entorno. Piénsalo, ¿cuál es la probabilidad de que exista en el mundo alguien con tu configuración, con la configuración precisa de ADN y circunstancias que tú, que yo, que cada ser humano tenemos? Hay quien dice que 1: 400mil, yo creo que 1:7,53 miles de Millones.

Sería un despilfarro de la naturaleza regalarnos tal diversidad de capacidades para que fuese ignorada o sofocada. Y la naturaleza es un prodigio de economía de recursos. Somos nosotros quienes los metemos en cajitas, y clasificaciones absurdas, las escondemos en casa, o las minusvaloramos por no poder entenderlas, o por no encontrarles utilidad.

Tal vez por eso, yo me declaro discapacitada en algunas disciplinas, pero DIFcapaz por encima de todas las cosas. Sacar brillo a nuestras propias DIFcapacidades, encontrarles un encaje y una utilidad en nuestro entorno a veces es difícil, porque lo hacemos desde esos patrones aprendidos en la infancia.

Por eso es extremadamente útil contar con la ayuda de un mentor que te ayude a descubrirlas, a encontrarles utilidad, a ponerlas al servicio de tu propio desarrollo y el de tu entorno. Son precisamente esas DIFcapacidades las que te llevarán a tu mayor éxito: ¡ser tú, aportar en el entorno profesional tu punto de vista especial, y todas tus diferencias!

Marta Martínez Arellano

Entrenadora de DIFcapacidades para la vida Profesional. 😉

Desarrollo de Personas y Organizaciones

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