Todos los animales tienen miedo. Nosotros, como miembros del reino animal, tenemos también miedo. Es natural tenerlo, es, diría yo, incluso bueno tenerlo. Hay películas que nos cuentan las dificultades y peripecias de seres que nacen sin ese don, «el miedo». Sin embargo, con frecuencia el miedo se convierte también en una barrera. Su principal función en el «reino animal» es mantenernos a salvo y con vida. Y dado que es imposible deshacerse de los miedos, yo creo que hay que aprender a gestionarlos, a hacerse su amiga.

Al miedo instintivo le agregamos como humanos el proceso mental. Y de este modo el miedo se tiñe de muchos colores, de tantos como advertencias y experiencias a evitar hemos ido acumulando en nuestra vida. Nuestro miedo mental también quiere mantenernos «a salvo y con vida» y por eso a veces nos impide traspasar las fronteras mentales que nosotros mismos nos ponemos. Nos previene de saltar esa frontera de «lo conocido» y aventurarnos más allá del terreno que dominamos, nuestra zona de confort.

Ya en la Biblia se habla de dos miedos: la Irah y la Pesah. Dos miedos muy distintos que nos han sido dados como humanos, como seres creados a imagen y semejanza de Yaveh.

La Irah es el «miedo divino». El miedo a «no llegar a ser» completas, completos. Lo que algunos llaman el miedo a «nuestra propia grandeza». El miedo a no dar la talla. A «desparramarnos», a explotar en mil chispas de nosotros mismos diluyéndonos en el intento. A veces es un miedo intenso y sabrosón, uno de esos miedos grandes en los que mola, en los que da «susgustirrinín» sumergirse. Otras veces, sin embargo, es un abismo negro como boca de dragón que amenaza con engullirnos en nuestra propia impotencia.

La Pesah, por su parte, es el «miedo humano». Yo suelo decir, usando un símil de Fidel Delgado, que es el miedo que mamamos desde pequeñitos, el que se nos canta en la cuna al ritmo de los cinco lobitos. Cada dedo un miedo. El pulgar de la vida y la muerte, el triunfo y el fracaso, como el decreto de los romanos en el circo. El índice, como miedo a ser señalados o rechazados por los demás. El corazón… el «dedo de la palabrota»… que no te lo voy a contar para no decirla, sólo piénsalo. El anular, donde se ponen los anillos, representaría el miedo al compromiso. Y finalmente, el meñique, ese miedo que tenemos todas a ser tan pequeñitas, tan insignificantes…

Ante los miedos de la Pesah podemos hacernos fuertes. Basta con cerrar el puño y darse cuenta de que todos están unidos por la muñeca… la certeza de que son miedos que podemos gobernar, que podemos afrontar. Y esto se practica. Por eso la Pesah se «cura» practicando, cortando los miedos, durmiendo a los lobitos y aventurándonos cada vez un poquito más allá de las fronteras de lo conocido. Hay muchas estrategias para hacerlo, basta con encontrar la que más se ajuste a ti y a tus miedos, y por ahí voy acompañando a tantas de nosotras que hemos decidido afrontarlos.

La Irah, sin embargo, en mi experiencia, no se cura practicando. No se cura haciendo. Se cura siendo. Se cura dándose permiso para Ser. Parece fácil, pero a veces cuesta mucho. Hay que ir despacito, con mucho mimo, afianzando cada paso.

La Irah se amansa acunando todos los daños que nos hicimos cuando no nos permitimos ser, cuando fingimos ser quienes no éramos. Salta por los aires cuando decidimos vestirnos con la verdadera talla de nuestra esencia. Es como si llevásemos toda la vida vistiendo una talla 36, pero la talla de nuestros dones, nuestros talentos y nuestra «alma» (llámese como se quiera) fuese de la talla 56. ¿Te imaginas la liberación de ponerte realmente la talla que te corresponde?

Ya sientas Irah o Pesah a la hora de mostrarte tan única (único) y especial como eres… abraza tus miedos. Ambos te ayudan a vivir contigo mismo, contigo misma y en comunidad. Ambos te plantean el reto más bello: encontrar el camino para ser tu misma, tu mismo. Ambos te anuncian la aventura más apasionante… explorar lo que hay más allá… ¿Cómo no soñar con hacerlo?

Yo te invito a que intentes diferenciar tus miedos como primer paso para empezar a manejarlos de forma que te acompañen sin limitarte. Y te animo a que aunque tengas miedo… ¡lo hagas! Porque el Gusto y el Susto… como dice mi amigo Sergio, están a una letra de distancia.

 

 

Marta Martínez Arellano
Desarrollo de Personas y Organizaciones

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