Creo que el mercado laboral necesita una nueva perspectiva, porque nos está saliendo carísimo. Una que realmente ponga en valor lo que cada uno aportamos en nuestro trabajo. Me explico.

Llevo una temporada escuchando los terribles males de un mercado laboral irrespetuoso con las personas. Contratos basura, horas sin pago, «obligación» de contestar incluso de vacaciones, la pereza de la vuelta al trabajo tras las vacaciones… Los tribunales franceses dictan sentencia para que podamos apagar el móvil fuera del horario laboral y sin embargo, muchos de nosotros seguimos pensando que estamos fallando a nuestro cliente, empleador… si no lo tenemos encima.

Ahora que hace calor, que viajo por placer y por trabajo, que tengo tiempo para des-conectar y conectarme conmigo misma, aprovecho lo que veo para mejorar lo que vivo. Porque a mí viajar me abre los ojos, las orejas… me vuelvo receptiva a todas las «esporas» que se desprenden de las ciudades que visito, las calles que recorro, la gente con la que hablo. Viajar abre una nueva perspectiva a todo lo que estamos viviendo en nuestra pequeña islita de comodidad, nos confronta con otras realidades. Nos obliga a pensar las cosas que con frecuencia hacemos de forma automática. Me lleva a estar más atenta. Y claro, más información consciente y más tiempo… Me hacen preguntarme muchas cosas, replanteármelas.

Creo que la revolución industrial y los movimientos laborales de los siglos XIX y XX otorgaron a los habitantes occidentales una serie de derechos que hemos consolidado entre todos hasta desproveerlos de significado. De este modo el salario a fin de mes o la atención sanitaria, o el derecho al descanso son derechos inalienables, no una contraprestación por el valor que cada uno de nosotros aporta a la empresa, la sociedad y el mercado. Es lo que me dan por personarme cada día a una hora concreta en un lugar pre-acordado, así me deje las ganas o la cabeza en casa.

Es una tragedia que ahora tenga que alargar las horas de trabajo, compartir mi salario con otro o pagar en parte por las medicinas que debo utilizar. El contrato estaba así redactado, yo he cumplido…

Es realmente muy difícil alcanzar el bien común si cada una de las partes que compone esa comunidad no ve la parte que le toca y se compromete con ella. Es realmente difícil ver dónde puedo yo aportar si no percibo ese vínculo directo entre mi quehacer y mi comunidad, y todo son derechos o consecuencias inevitables de una gestión siempre ajena y siempre errada.

Se nos olvida que nosotros somos los actores, que somos quienes actuamos y desempeñamos nuestro papel dentro de unos cauces que hemos ido estableciendo a lo largo de la historia pero sin pararnos a pensar ¿qué sucedería si… dejáramos de sentirnos apresados en un libreto tan trágico como ajeno? ¿Qué sucedería si… dejáramos de ver qué han hecho otros para que hayamos llegado a donde estamos y nos fijamos en qué hemos hecho nosotros para llegar hasta aquí y decidir cambiarlo puesto que de nosotros depende?

¿Qué sucedería si en lugar de sentirnos en manos de un malvado demiurgo agarrásemos el toro por los cuernos y decidiéramos cambiar el escenario?

¿Por qué hemos dejado de ser conscientes del impacto que cada una de nuestras acciones tiene en nuestro entorno más o menos cercano? ¿Dónde nos olvidamos de que el sueldo a final de mes corresponde al valor que hemos aportado?

En países en los que los derechos de la mal llamada “sociedad del bienestar” están menos consolidados, está clarísimo que quien no trabaja no cobra y que si te echan del trabajo hoy, mañana tendrás que buscarte otro currito para poner lentejas en la mesa. Es evidente que las instituciones no me van a sacar de pobre y que la especulación está diseñada a la medida del enriquecimiento personal no general… Pedro Miguel Ruisánchez, mesero en el Hotel del Ángel lo tiene claro: “yo ‘Seño’ soy feliz cuando lo soy, si pido permiso no me dejan.”

Es de este modo como he llegado a la conclusión que esta sociedad del bienestar nos está saliendo carísima, no por los dineros que nos cuesta… sino por la falta de perspectiva en la que nos entierra.

 

Marta Martínez Arellano
Desarrollo de personas y organizaciones

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