Talento evoca no sólo capacidad, sino aplicación y dinero. Los romanos y los griegos utilizaban el «talento» como moneda, y me permito rescatar esta acepción del término para incorporar aquí una perspectiva de mercado.

De este modo Talento sería una capacidad especial aplicada a una tarea concreta. Y es dicha capacidad puesta al servicio de los demás desempeñando una tarea, aportando Valor, la que después se vería remunerada en un entorno de mercado.

Con frecuencia veo personas con muchísimas capacidades que no saben qué hacer con ellas. Personas con algún talento especial que no encuentran cómo aplicarlo para sentir su utilidad en la vida o en su entorno laboral.

Desde hace unos años la rapidez con la que evoluciona el entorno profesional va borrando las lindes de los tradicionales desempeños profesionales. Si en la edad media el oficio del padre marcaba el oficio de la saga e incluso su posición social, en la época de la tecnología y el conocimiento, van desapareciendo los oficios y despuntan las aplicaciones. Pero es indudable que resulta más complicado definir los talentos -capacidades y actitudes- necesarios para desempeñar una tarea, que definir las herramientas -conocimientos y aptitudes- que se precisan para ello.

Las universidades y los centros formativos preparan a nuestros jóvenes para profesiones que tal vez no existirán cuando terminen sus estudios, mientras surgen por todos lados profesiones híbridas más ancladas en aptitudes y actitudes que en conocimientos instrumentales.

Al mismo tiempo, nos hemos acostumbrado a valorar socialmente unas capacidades por encima de otras. ¿A quién no le han recomendado que deje tal o cual actividad porque con eso no se gana uno la vida? ¿A quién no le han preguntado, «eso para qué sirve»? ¿Quién no ha sentido que lo que estaba ofreciendo no era del todo comprendido por su interlocutor?

Es mucho más sencillo recurrir a referentes comunes, a etiquetas acordadas. ¿Qué emprendedor no ha buscado una palabra que permita definir su propuesta de valor, su contrato con su cliente, con la misma contundencia con la que lo hace un tradicional «soy médico»? ¿Quién no ha tratado de definirlo más añadiéndole un adjetivo «soy médico neurólogo»? Soy tornero, tornero fresador.

Entre la hiperespecialización, la imagen social del éxito y las escalas de capacidades relacionadas con él, la persona talentosa se encuentra en medio de un batiburrillo de tradición y modernidad. Abrazada a sus talentos, los mira como quien mira una navaja suiza: tanto gadget… vale para mucho, sirve para poco. Y es que hay quehaceres difícilmente definibles con una «etiqueta» conocida.

En mi experiencia no se trata tanto de las competencias, de las capacidades, de los «talentos» en sí, sino de encontrar la manera de ponerlas al servicio propio y de los demás para conseguir canjearlas por talentos dinerarios, por satisfacción personal, por sentir que aportas valor, mientras ver florecer esas capacidades al servicio del otro, de la comunidad o del mercado.

Es en esa definición del «qué haces» o «para qué sirve» lo que haces, cuando sientes que te limitas, cuando tu talento parece ralentizarse, cuando tu talento «ta lento»… a la hora de ponerse al servicio de los demás, del mercado, de ese Talento en forma de Valor del que nos hablaban griegos y romanos.

Saber expresar esa combinación única y especial de tus capacidades y la forma en la que las aplicas, de manera que el otro también comprenda para qué le sirve, qué beneficio puede obtener con ello. Acordar una transacción.

Cuando esto sucede, si te sientes navaja suiza y te cuesta formular tu propuesta única y especial de Valor a tu mercado, te recomiendo que te enfoques no en lo que aportas, sino en lo que la otra persona recibe.

La pregunta sería: ¿Qué beneficios le produce a la otra persona tu talento aplicado? ¿Qué consigue el otro, tu comunidad o tu mercado, cuando se lo prestas? Busca expresar tu talento en forma de promesa para el otro. Eso te permitirá centrarte en lo que el otro recibe, y así será más sencillo acordar la transacción de talentos. Cumplir tu promesa no sólo supondrá un reto, sino un sano ejercicio de tus talentos, y eso te ayudará a ir acrecentándolos.

Marta Martínez Arellano
Desarrollo de Personas y Organizaciones
Comunicación y Comercialización

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