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	<title>crecer Archives | Marta Martínez Arellano</title>
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		<title>Conocer tus miedos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marta Martínez Arellano]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Oct 2017 20:09:10 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Fidel Delgado, que es el miedo que mamamos desde pequeñitos, el que se nos canta en la cuna al ritmo de los cinco lobitos. Cada dedo un miedo. El pulgar de la vida y la muerte, el triunfo y el fracaso, como el decreto de...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><![CDATA[Todos los animales tienen miedo. Nosotros, como miembros del reino animal, tenemos también miedo. Es natural tenerlo, es, diría yo, incluso bueno tenerlo. Hay películas que nos cuentan las dificultades y peripecias de seres que nacen sin ese don, "el miedo". Sin embargo, con frecuencia el miedo se convierte también en una barrera. Su principal función en el "reino animal" es mantenernos a salvo y con vida. Y dado que es imposible deshacerse de los miedos, yo creo que hay que aprender a gestionarlos, a hacerse su amiga.
Al miedo instintivo le agregamos como humanos el proceso mental. Y de este modo el miedo se tiñe de muchos colores, de tantos como advertencias y experiencias a evitar hemos ido acumulando en nuestra vida. Nuestro miedo mental también quiere mantenernos "a salvo y con vida" y por eso a veces nos impide traspasar las fronteras mentales que nosotros mismos nos ponemos. Nos previene de saltar esa frontera de "lo conocido" y aventurarnos más allá del terreno que dominamos, nuestra zona de confort.
Ya en la Biblia se habla de dos miedos: la Irah y la Pesah. Dos miedos muy distintos que nos han sido dados como humanos, como seres creados a imagen y semejanza de Yaveh.
La Irah es el "miedo divino". El miedo a "no llegar a ser" completas, completos. Lo que algunos llaman el miedo a "nuestra propia grandeza". El miedo a no dar la talla. A "desparramarnos", a explotar en mil chispas de nosotros mismos diluyéndonos en el intento. A veces es un miedo intenso y sabrosón, uno de esos miedos grandes en los que mola, en los que da "susgustirrinín" sumergirse. Otras veces, sin embargo, es un abismo negro como boca de dragón que amenaza con engullirnos en nuestra propia impotencia.
La Pesah, por su parte, es el "miedo humano". Yo suelo decir, usando un símil de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=SVVlIT2ZYs0" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Fidel Delgado</a>, que es el miedo que mamamos desde pequeñitos, el que se nos canta en la cuna al ritmo de los cinco lobitos. Cada dedo un miedo. El pulgar de la vida y la muerte, el triunfo y el fracaso, como el decreto de los romanos en el circo. El índice, como miedo a ser señalados o rechazados por los demás. El corazón&#8230; el «dedo de la palabrota»&#8230; que no te lo voy a contar para no decirla, sólo piénsalo. El anular, donde se ponen los anillos, representaría el miedo al compromiso. Y finalmente, el meñique, ese miedo que tenemos todas a ser tan pequeñitas, tan insignificantes&#8230;
Ante los miedos de la Pesah podemos hacernos fuertes. Basta con cerrar el puño y darse cuenta de que todos están unidos por la muñeca&#8230; la certeza de que son miedos que podemos gobernar, que podemos afrontar. Y esto se practica. Por eso la Pesah se «cura» practicando, cortando los miedos, durmiendo a los lobitos y aventurándonos cada vez un poquito más allá de las fronteras de lo conocido. Hay muchas estrategias para hacerlo, basta con encontrar la que más se ajuste a ti y a tus miedos, y por ahí voy acompañando a tantas de nosotras que hemos decidido afrontarlos.
La Irah, sin embargo, en mi experiencia, no se cura practicando. No se cura haciendo. Se cura siendo. Se cura dándose permiso para Ser. Parece fácil, pero a veces cuesta mucho. Hay que ir despacito, con mucho mimo, afianzando cada paso.
La Irah se amansa acunando todos los daños que nos hicimos cuando no nos permitimos ser, cuando fingimos ser quienes no éramos. Salta por los aires cuando decidimos vestirnos con la verdadera talla de nuestra esencia. Es como si llevásemos toda la vida vistiendo una talla 36, pero la talla de nuestros dones, nuestros talentos y nuestra «alma» (llámese como se quiera) fuese de la talla 56. ¿Te imaginas la liberación de ponerte realmente la talla que te corresponde?
Ya sientas Irah o Pesah a la hora de mostrarte tan única (único) y especial como eres&#8230; abraza tus miedos. Ambos te ayudan a vivir contigo mismo, contigo misma y en comunidad. Ambos te plantean el reto más bello: encontrar el camino para ser tu misma, tu mismo. Ambos te anuncian la aventura más apasionante&#8230; explorar lo que hay más allá&#8230; ¿Cómo no soñar con hacerlo?
Yo te invito a que intentes diferenciar tus miedos como primer paso para empezar a manejarlos de forma que te acompañen sin limitarte. Y te animo a que aunque tengas miedo&#8230; ¡lo hagas! Porque el <a href="http://mmarellano.com/acunar-los-miedos/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Gusto y el Susto</a>&#8230; como dice mi amigo Sergio, están a una letra de distancia.
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<strong>Marta Martínez Arellano</strong>
<em>Desarrollo de Personas y Organizaciones</em>]]&gt;    	</p>
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		<title>Déjalo donde sucedió</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marta Martínez Arellano]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 May 2017 18:01:14 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[vergüenza retrospectiva]]></category>
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					<description><![CDATA[&#160; Marta Martínez Arellano Desarrollo de Personas y Organizaciones]]&#62;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><![CDATA["Déjalo donde sucedió". A veces nos cuesta dejar las cosas donde sucedieron.
Hay veces en las que hago algo que no sale demasiado bien, o que no deja de mi misma la imagen que yo querría haber dejado. Y se me queda "atascado" el recuerdo, no por lo que yo recuerdo, sino por lo que yo creo que el otro sintió o pensó de mí en esa circunstancia; o por lo que yo sentí o creí ver en su mirada...
Aunque hayan pasado eones desde que sucedió el evento, el recuerdo vergonzoso se queda anclado en mi memoria y yo lo sigo repasando, reviviendo. Cuando me encuentro con esa otra persona, o algo de mi entorno me recuerda a esa situación, se me encoge el ombligo creyendo que ella lo recuerda igual de nítidamente que yo. Y claro, ataca lo que yo llamo "vergüenza retrospectiva".
La verdad es que esto me molestaba bastante. Sin embargo como ya te he contado, he descubierto que la vida no es lo que es sino lo que me cuento... así que empecé a cuestionarme si esa realidad era realmente compartida. Y me dediqué a indagar con esos "compañeros" de situación "vergonzante" a ver si ella o él también lo recordaban como yo. Descubrí que en el 100 % de los casos nuestros recuerdos no coinciden y sobre todo, que para la otra persona no suele haber nada vergonzoso en esa situación. Así que de pronto me di cuenta de que llevo muchísimo tiempo temiendo una mirada que ya no existe, anclada en un recuerdo que sólo se recrea en mi cabeza.
Tal vez para esa persona el evento no tuvo mayor trascendencia. Lo olvidó. Para mí sigue vivo y vigente. Tan vivo, que modifica mi forma de comportarme, incluso en el momento presente. Cambio lo que voy a hacer pensando en qué pensará la otra persona de mis acciones. No me  malinterpretes, no se trata de no tener en cuenta a los demás, o de dejar de aprender de situaciones pasadas, sino de asegurarnos de que lo que vivimos nos ayuda a aprender, que no nos mete en un círculo vicioso.
Estoy hablando también de asegurarme de que lo que las otras personas piensan es realmente lo que piensan ellas, no lo que yo elaboro de lo que ellos pueden llegar a pensar... Un bucle, sí, pero real como la vida misma, ¿no? Proyectamos en otros pensamientos propios y los llevamos con nosotros más allá de la situación concreta.
Es como la historia de esos dos monjes que iban por el bosque y se encontraron con una joven vestida de novia en la ribera de un riachuelo. Ella les dijo que no podía cruzar, porque se le iban a manchar los zapatos. El monje más anciano tomó a la mujer en sus brazos y cruzó el cauce. Al llegar a la orilla, la dejó en el suelo y se despidieron de la doncella.
Mientras continuaban su camino, el monje de menor edad resoplaba. "¿Qué te sucede?" le preguntó el anciano. "Con todos mis respetos, creo que no debió usted cargar a esa muchacha. ¡Somos monjes!" Y su compañero le contestó: "¡Ah! ¿Pero tú la sigues cargando? Yo la dejé a la orilla del río".
Dejar las cosas allí donde las vivimos sería la mejor opción, pero si a ti, como a mí, no "te sale bien del todo", cerciorarme de que las llevo sin que me pesen, me ayuda a una buena higiene mental. ¿Y a ti también te pasa? ¿Qué trucos usas?
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&nbsp;
<strong>Marta Martínez Arellano</strong>
<em>Desarrollo de Personas y Organizaciones</em>]]&gt;    	</p>
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