Escuchar el cuerpo

Escuchar el cuerpo

No se si a ti te pasa, pero cada vez que el cuerpo me falla me doy cuenta de que llevo un tiempo utilizándolo como «taxi del cerebro». Y claro, todo el sistema colapsa. Hoy comentaba con un amigo que cuando el cuerpo reclama nuestra atención… tenemos que dejarlo todo y dejar la divagación para otro rato.

La última aventura ha sido una de esas gripes de tríada infernal: mocos, fiebre y tos. Y claro, como no «tocaba» y mi agenda era un hervidero, me he dedicado a atontar las señales con bien de química para «engañar al motor» y seguir tirando de «taxi». Hasta que la fiebre ha dicho: «¡hasta aquí!» No creía yo que pudiera una tener de esas fiebres excesivas que yo tenía por infantiles. (O tal vez es que con esto de «la Mesopotamia» -mi tercera adolescencia- ¡cada día estoy más joven! ;))

El calendario, misericordioso, me regaló un puente. Me he pasado este acueducto mirando por la ventana un sol delicioso, recluida en casa, arrebujada en el sofá. He usado una manta para tejer mi crisálida de encefalograma plano y he descubierto a golpe de dolor, músculos y nervios que creía no tener. Me dolía hasta el código de barras, ¡no te digo más! Lo de pensar estaba descartado.

Escuchar al cuerpo es una de esas cosas que aprendí hace algunos años y que, salvo cuando me despisto -como esta temporada en la que he primado la agenda sobre mi antena corporal particular-, me da muy buenos resultados.

Cada vez que me proponen un proyecto, se lo consulto al cuerpo. Si me mola, si me late y me apetece mucho hacerlo, el cuerpo entra en ebullición y la cabeza empieza a destilar ideas como cuando se te sobra la leche a borbotones por los bordes del cazo. Si no me mola, es como si no hubiera encendido el hornillo y nada se cuece ni en mi cuerpo, ni en mi cabeza. Tengo que estirar de mí misma para conseguir hacer fundamento.

Cuando conozco a alguien… El cuerpo me dice de forma instintiva si «me resuena», si me atrae, me apetece, si me pasaría las horas muertas cotorreando, o en silencio cómplice con esa persona. Cuando se me ocurre desoír los impulsos de mi cerebro más animal, termino metida en berenjenales sin cuento, enredada con personas que de pronto descubro que no tenían nada que ver conmigo. Y sé, sin lugar a dudas, que mi cuerpo ya me lo había avisado.

Cada vez que me regalo un paseo por el campo, o me dedico un espacio para dar un paseo por mi cuerpo, descubro nuevas perspectivas para los problemas que puedan estar esperando mi respuesta. Cada vez que escucho mi cuerpo encuentro claves que jamás hubiera podido encontrar con la cabeza.

El cuerpo es nuestra antena al mundo. La mente luego descarta, procesa e interpreta parte de la información que los sentidos ponen a nuestra disposición. El cuerpo es esa parte nuestra que guarda todavía memoria de nuestro pasado animal y su instinto es infalible.

Por eso, ahora que esta gripe me lo ha recordado, te escribo este post para recordártelo y recordármelo. No hace falta esperar a que te falle… ¡No te olvides de escuchar tu cuerpo, no te pierdas toda la sabiduría que encierra!

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Marta Martínez Arellano
Acompañamiento individual & Business coaching

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