Acunar los miedos

Acunar los miedos

Ah! El miedo… Entre el Susto y el Gusto, como dice mi socio… Sólo hay ¡una letra de diferencia! Pero hay que recorrer el camino entre una y otra. Yo lo viví con claridad uno de estos días de verano en la piscina con mi sobrino de cuatro años. Hacía un calor de infierno, pero no quería entrar en el agua. Tenía miedo, mucho miedo, “a meter la cabeza”, así que prefería no entrar en la piscina. Se agarraba de mi mano con uno de esos temblores frenéticos que anuncian la presencia de un abismo.

Sé que el miedo tiene una intención positiva. Es un instinto animal poderoso al que hay que agradecerle nuestra supervivencia. Sin embargo creo que debemos aprender a manejarlo para que no nos bloquee el camino hacia lo que realmente deseamos hacer.

El abismo que en su cabecita separaba el placer de chapotear tras atreverse, del terror a dejarse llevar. El abismo que se nos abre a todos cuando queremos hacer algo y nuestro miedo nos aprieta para convencernos de que es mejor no hacerlo.

En este momento encontramos mil y una razones que justifican no hacer aquello que nos habíamos propuesto o habíamos deseado. En mi experiencia, no conviene “darles bola” a estas razones tan razonables, porque terminaremos no haciéndolo. Y es así como nuestro miedo aprende nuevas formas para detenernos.

En este caso, el abismo en cuestión medía unos pocos centímetros, la altura de un escalón. En cualquier otro, puede ser la delgada línea telefónica de una llamada, la necesidad de mostrarnos en una ocasión cualquiera… Cada cual encuentra la medida justa de su abismo personal. Conviene en estos casos minimizar sus dimensiones, visualizarlo abarcable, incluso superado. Visualízate como si ya lo hubieses conquistado.

Mi sobrino y yo fuimos “acunando su miedo” poco a poco. Le cantamos bajito para que se durmiera y, mientras cantábamos, íbamos adentrándonos juntos, de la mano, conquistando el escalón.

El agua estaba rizada de puro fría, y ese mismo frescor subrayaba el placer de lo prohibido. Haber desafiado a su miedo y verse de pronto de pie en medio de la piscina fue su recompensa… ¡Tendríais que haber visto su cara de satisfacción cuando se vio ahí en medio! El frenesí que le entró no le permitía dejar de mover las piernas mientras seguía fuertemente agarrado de mi mano.

Cada cual necesita acunar su miedo de formas diferentes. A mi sobrino le vino bien cantarle para que se durmiera, agarrarse de mi mano para ir poco a poco. Encontrar espacios intermedios de seguridad y reto. Casi sin darse cuenta fue avanzando pasito a paso. Hay quien por el contrario prefiere tirarse “de golpe”, otras veces la situación requiere realmente darle la espalda al miedo y tomar la iniciativa, diseñar un camino alternativo… Cuando uno llega al borde del abismo, intuye cómo podría acunar el miedo que lo dibuja. Cómo recorrer el sinuoso perfil de la S -susto- para llegar a la satisfacción de haberlo vencido.

Tardamos dos tardes en conseguir que se soltase de la mano y se sintiera lo bastante seguro como para ir solo de una esquina a la otra. Dos tardes para conquistar realmente la piscina y hacer de ella un lugar de juegos seguro.

Con frecuencia los miedos que superamos necesitan un tiempo de práctica. Necesitamos habituarnos a la nueva situación, establecer nuevamente los límites de lo conocido. Hacernos con el nuevo territorio y convertirlo, una vez ensanchadas las fronteras, en nuestra nueva zona de confort.

Sea como sea, lo acunes como lo acunes, lo venzas como lo venzas, la satisfacción de haber superado ese abismo siempre merece que te pongas una medalla, que celebres como merece la conquista de ese nuevo y ampliado espacio de confort. Porque no sólo habrás ampliado los confines de tu Reino, sino habrás empezado a domar uno de tus instintos más poderosos.

A mi sobrino, aquellas dos tardes, tuvimos que sacarlo del agua morado y tiritando. Y esa noche durmió con el sueño plácido de los campeones

 

Marta Martínez Arellano
Desarrollo de Personas y Organizaciones
En femenino

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