Comunicar con piel

Comunicar con piel

Veo por la calle la coronilla de la gente, caminando o sentados en bancos o terrazas, todos inclinados sobre su móvil… y me pregunto dónde hemos dejado el intercambio de mensajes, con o sin sustancia,  cara a cara. La comunicación digital nos ha traído un intercambio más rápido, menos reflexionado de contenido. Las ideas brotan y se van a todo correr con un toque de botón… Y como nos faltaba poder darle el gracejo de la risa, surgieron los emoticonos. Y luego, como había muchos malentendidos, agregamos los mensajes de voz. Tengo para mí que este tipo de conversaciones deberían llamarse de otro modo… Digimunicación o algo parecido, porque para ser COMUNicación verdadera les falta el calor de la piel, el sonido de la escucha, el susurro del otro cerca, la parte «común» e íntima de la interacción.

La comunicación es fundamental para la vida porque nos coloca en nuestra realidad, la crea. Requiere competencias más allá del intercambio de textos, voces o imágenes. Comunicarse requiere un intercambio de energía, de emociones, de miradas (incluso a través del teléfono, en conversación abierta). Comunicarse exige escuchar el doble de lo que hablamos. Comunicarse requiere un código compartido que acerca o aleja la visión que tu y yo -que somos quienes compartimos el acto de comunicar- tenemos de él o ella, del mundo -de aquello que hablamos.  Y es una actividad que requiere unas herramientas personales y sociales que tienen un impacto crucial en la satisfacción con nuestra propia vida.

No hay escucha verdadera en la comunicación digital (en la digimunicación), hay avalancha de letras, fotos, emoticonos o grabaciones… Hoy los niños no hablan con sus mayores. No hablan entre ellos porque «ya le han mandado un what’s up». Hoy los mayores a veces tampoco hablan con los mayores porque están compartiendo por internet… En algunas oficinas deberían prohibir que los compañeros se comuniquen por email, deberían exigir que se muevan y se hablen cara a cara.

Porque no es lo mismo ver las palabras escritas que escucharlas sin verlas. Tienen otro sabor, otro color, otro sonido… Otro efecto. No es lo mismo leerte con tu voz mental las palabras que te mandan escritas, que escuchar las palabras que te llegan de boca de otro. Tienen otro impacto, producen otro efecto.

La Palabra es creadora. Crea nuestra realidad, sobre todo cuando nos la decimos nosotros mismos, o nos la dice alguien a quien concedemos autoridad. De hecho, la mayor parte del tiempo estamos hablándonos a nosotros mismos, debatiendo entre nuestras diversas facetas lo que el exterior nos ofrece, escogiendo la realidad que finalmente «vemos». La palabra da forma a nuestro modo de ver la vida, las cosas, la realidad, construye nuestra forma de vivirla. Incorporar la palabra que otros de forma irreflexiva nos han enviado, trastoca a veces nuestra realidad. Lanzar de forma irreflexiva nuestras palabras a los demás a través de los medios digitales trastoca también la forma que tenemos de ver nuestra vida, le resta hondura y reflexión. Y con ello estamos también cambiando la vida de otros.

El verano, como cualquier otra estación cuando la agenda nos da un respiro, es buen momento para practicar a comunicar con piel, para negociar escuchas poderosas en miradas encontradas, para embriagarse de conversaciones en silencio y atesorar el estallido de sonoras carcajadas. Siempre es buen momento para practicar la Comunicación verdadera: la que nos une a nosotros mismos y a los demás, cara a cara.

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Marta Martínez Arellano
Desarrollo Personal y Profesional

 


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