Practica para innovar

Practica para innovar

errar-. forma parte de la magia de probar caminos nuevos. Por un lado, te obliga a estar atenta. Por otro, abre puertas inesperadas y descubre sorpresas a cada paso. Le añade chispa a la aventura. Soy de las que piensan que a veces se gana (o se acierta) y a veces se aprende. Y prefiero pedir perdón a permiso… y bueno, te puedo asegurar que me disculpo con frecuencia. De hecho, creo que aprendo -que todos aprendemos- equivocándome y a veces incluso lo escribo como aviso de navegantes (es cierto, míralo: 101 Cagadas en Internacionalización de PYMES.) En las recientes jornadas de innovación o desarrollo de personas y organizaciones a las que he asistido recientemente también se produjeron algunos errores que todos asumimos con deportividad, porque estamos «innovando» así que «premiamos los fracasos estupendos» y vivimos bajo el mantra de «fracasa barato, fracasa rápido», una frase que parafrasea al gran Samuel Beckett cuando decía aquello de «try again, fail again, fail better» -inténtalo otra vez, fracasa de nuevo, fracasa mejor. Y sin embargo esos fracasos «buenrollistas» se me antojan errores de tramoya, como si hubiésemos convertido la innovación o la posibilidad de probar cosas nuevas y fracasar en un mero espectáculo, en un montaje que acoge el «innova que algo queda». Se deja así de lado que el error incluso cuando innovamos no está bien visto ni social, ni personalmente. Y es que de cara a la galería el fracaso sólo está «bien» cuando lo gestionamos bien y nos lleva a un «éxito». Sin embargo, no es así. El nuevo «Museo del Fracaso» inaugurado en Suecia recoge algunos de esos intentos que terminaron sin más «en el cubo de la basura» dejando a su paso un reguero de aprendizajes. El mayor de ellos: cómo gestionamos el error. Nadie nos alienta a equivocarnos. Más bien nos educan (y con frecuencia educamos) para esconder los intentos fallidos, para que no nos arriesguemos. Desde pequeños nos enseñan a desconfiar de nuestro instinto de supervivencia, a intentar dejar sin trabajo a nuestro «Ángel de la Guarda», y a evitar el ridículo de equivocarnos. Pero es tarea inútil. Jandro en este monólogo que me encanta, afirma que el ridículo no existe. Yo creo que el ridículo es personal pero sólo te pertenece en parte: en la forma de hacerle frente… Y por lo que respecta a la supervivencia… vivir es peligroso y malo para la salud, de hecho  es lo único que nos mata. Renunciar a vivir y a arriesgarnos por miedo a equivocarnos empobrece no sólo nuestro aprendizaje, sino que hace mucho más aburrida la vida, tanto que terminamos dudando de si hay vida antes de la muerte. La mayor parte de nosotros para innovar necesitamos superar el «miedo escénico» a equivocarnos. Ese que tras tomar una decisión nos aconseja postergar la acción sin terminar de llevarla a cabo. Ese miedo que te susurra que vas a dar un paso en falso. Nuestra inseparable «charlatana» que nos susurra al oído los más negros augurios. Tengo una noticia: el 90 % de esos augurios no se cumple. Y un dato: la voz de tu cabeza te conoce mejor que tu misma. Aprende contigo y de ti. Seguro que encuentra argumentos convincentes para que busques un nuevo curso, una vía alternativa, lo dejes para la semana próxima… O para que no des ese paso que te llevaría a escoger una ruta, porque «fíjate todo lo que te estarías perdiendo…» o «qué dirán si no te sale bien». Hay que agradecerle su buena intención con un amable «gracias, pero no gracias». Porque la innovación sólo sucede cuando actúas. Sólo es innovación cuando es nuevo. Y todo lo nuevo se estrena, a veces con éxito, a veces con aprendizaje. Sacúdete el miedo. Agradece a tu charlatana su buena intención y hazle callar. Y si te cuesta celebrar tus propios fracasos, aprende a celebrar que por lo menos lo intentaste… Yo te garantizo que cuanto más practiques, mejor te saldrá. Practica el fracaso, el aprendizaje, la innovación, el éxito…   Marta Martinez Arellano Desarrollo de personas y organizaciones      ]]>

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